¿Quieres?

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Esto me representa mucho…

(Ilustración de la enorme Flavita Banana)

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Bosque incendiado 

Seguramente ya no te conozco, porque en este abandono no eres más que un recuerdo, el misterio de un hombre frente al propio dolor

FERNANDO VALVERDE

Me duele un pasado que no cicatriza

el chillido de un fantasma que

nunca se va.

Me duele el árbol que dejó de

mirarme,

la mano que ya no se mueve

para limpiar mi camino.

Me duele el daño que

me hicieron

en un todavía que se alarga,

como el tiempo que no cesa

y permanece,

como aquello

que se asume y no se lucha.

Me duele el abrazo que

quedó suspendido en el

aire, como

el sueño que no llega y se

convierte en pesadilla.

Me duele el adiós en la fiesta,

el dedo que señala,

la espalda que se pierde.

En un mundo atronador solo

me quedó el silencio.

Me duele todo lo que se me cae

de las manos y

nadie recoge

porque todos se han marchado.

Aquí dentro descansa

un bosque incendiado

y caen, como gotas de ácido,

los recuerdos.

(“La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida”, Elvira Sastre)

Playa oscura

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Bath 


Pawel Kuczynski

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No te rindas

No te rindas, aun estas a tiempo

de alcanzar y comenzar de nuevo,

aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,

liberar el lastre, retomar el vuelo.

 

No te rindas que la vida es eso,

continuar el viaje,

perseguir tus sueños,

destrabar el tiempo,

correr los escombros y destapar el cielo.

 

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda y se calle el viento,

aun hay fuego en tu alma,

aun hay vida en tus sueños,

porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,

porque lo has querido y porque te quiero.

 

Porque existe el vino y el amor, es cierto,

porque no hay heridas que no cure el tiempo,

abrir las puertas, quitar los cerrojos,

abandonar las murallas que te protegieron.

 

Vivir la vida y aceptar el reto,

recuperar la risa, ensayar el canto,

bajar la guardia y extender las manos,

desplegar las alas e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos,

 

No te rindas por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se ponga y se calle el viento,

aun hay fuego en tu alma,

aun hay vida en tus sueños,

porque cada día es un comienzo,

porque esta es la hora y el mejor momento,

porque no estas sola,

porque yo te quiero.

(Mario Benedetti)

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La esencia

Aquel pequeño bote de cristal era su bien más preciado. O más bien, lo que contenía ese bote: un perfume carísimo que le había regalado su madre el día de su boda. Un raro elixir que había dejado de fabricarse y venderse hacía ya un par de años. Lo dosificaba tanto que su marido siempre le decía que al final se acabaría echando a perder. Sin embargo, para ella siempre olía tan bien como el primer día. Ese aroma la devolvía a un tiempo y un lugar en el que era feliz, en el que amaba profundamente y sentía que todas las posibilidades eran buenas.

La primera vez que se lo puso, decidió que aquel iba a ser su olor. Su olor y de nadie más. De hecho, cada vez que alguna amiga le preguntaba, extasiada, qué perfume usaba, ella mencionaba otra marca, entre las 4 o 5 que jamás usaba y que sólo le servían de adorno para la estantería del baño.

Al principio, usó su esencia sin medida. Se la ponía para salir a cenar, al cine, a tomar algo o ir de compras. También para ir a las fiestas y por supuesto para las bodas y las comuniones. Además, la usaba todos los martes y miércoles por la noche, porque sabía que esos días su marido solía llegar pronto de la oficina y menos cansado de lo normal.

Cuando llegó al ecuador del bote, decidió que su olor sólo iba a ser suyo en ocasiones señaladas. Dejó de ponérselo para ir a cenar o al cine, no lo usó más los martes y los miércoles. Empezó a reservarlo para momentos que en realidad no le hacían ninguna ilusión, como la boda de alguna prima, las comuniones de los hijos de sus amigos y las aburridísimas cenas de navidad con la familia política. Se lo puso también el día del entierro de su madre y la sentía a su lado cada vez que enterraba la nariz en la bufanda para protegerse del frío y del dolor.

Un día, su hija le dijo que quería llenar la bañera para jugar con sus muñecas. Le dijo que les iba a hacer un salón de belleza porque quería ponerlas guapas para ir a bailar. Ella le dio permiso, no sin antes repetirle la misma frase de siempre: “Cariño, no toques mis perfumes”.

Habría pasado algo más de una hora cuando se dio cuenta de que llevaba un rato sin escuchar el chapoteo del agua y las risas infantiles. Siete años de maternidad le habían enseñado que los verdaderos problemas siempre comienzan cuando se hace el silencio. Se acercó a la puerta del baño, cerrada. La llamó bajito y luego un poco más alto. Nadie contestó al otro lado. Abrió despacio y la vio.

Su niña estaba de pie al lado de la estantería, ensimismada mientras untaba a su muñeca favorita (a la que llamaba “hija”) en un líquido color ámbar. En el tercer estante, había un bote vacío. Y ese olor, su olor, impregnaba la atmósfera del baño, haciéndola irrespirable.

Sin poder contenerse, avanzó hacia ella y le dio un bofetón con más fuerza de la que le hubiese gustado. La niña rompió a llorar y ella se arrodilló a su lado. Intentó abrazarla mientras le pedía perdón una y otra vez, pero su hija se zafó de sus brazos y echó a correr hasta su habitación.

Los siguientes días fueron insoportables. La niña hacía todo lo que ella le pedía (lávate los dientes, espérame en la puerta verde a la salida del cole…), pero no decía una sola palabra. No emitía ningún sonido, ni un quejido, ni un suspiro. Ni una risa. De repente, solo había silencio.

Hasta que una tarde de martes, cuando ya casi pensaba que nunca más volvería a escucharla, le hizo una broma tonta que al fin le arrancó, primero, una sonrisa y a continuación una risa breve. Una de esas risas infantiles que tanto le gustaba oír.

La tarde siguiente, la vio jugar en el jardín. Parecía seria y concentrada, como si tuviese una misión muy importante. Otra vez hubo silencio, pero esta vez intuyó que era mejor darle su espacio y no interrumpirla.

Por la noche, la acostó en su cama y leyeron juntas un rato. Luego le dio un beso en la punta de la nariz, como siempre y se fue arrastrando los pies, agotada, hacia el baño.

Se miró largamente en el espejo. Las ojeras dibujaban dos surcos profundos y oscuros en su cara pálida. La piel se veía apagada y empezaban a intuirse los lugares donde iban a aparecer las primeras arrugas.

Iba a salir del baño cuando algo llamó su atención. En la estantería, el pequeño bote de cristal volvía a estar lleno. Pero esta vez estaba lleno de agua y de flores y hojas de su jardín. Lo cogió despacio, sintió el peso en la mano como la primera vez, lo destapó y lo olió. Y entonces decidió que aquel iba a ser su olor. Su olor y de nadie más. Y cuando alguien le preguntara qué perfume usa, ella contestaría la verdad: “no lo sé. Fue un regalo. El mejor regalo que me han hecho”.

(Ejercicio propuesto por Escuela de Escritores: escribir un relato siguiendo las funciones de Propp e introduciendo un condicionante)

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Eterna sombra

Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

(“Poemas sociales, de guerra y de muerte”, Miguel Hernández )

74 años sin el genio

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Que quien me cate se cure

Qué inutilidad es ser
-cualquier profesión discreta-;
no quiero ser florecilla quitameriendas,
quiero ser quitadolores,
Santa Ladrona de Penas
ser misionera en el barrio
ser monja de las tabernas
ser dura con las beatas
ser una aspirina inmensa
-que quien me cate se cure-
rodando por los problemas.
Hacer circo en los conflictos,
limpiar llagas en las celdas,
proteger a los amantes imposibles,
mentir a la poesía secreta,
restañar las alegrías
y echar lejía a donde el odio alberga.

Si consigo este trabajo,

soy mucho más que poeta.

(“Geografía humana y otros poemas”, Gloria Fuertes)

¡Feliz Día Mundial de la Poesía!

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