Sol y mar

Miri-mar

La compi al sol y al mar en Beni

(23 de febrero de 2018)

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La ridícula idea de no volver a verte

“Portarse bien” en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: “Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse”, dice la doctora Iona Health en su libro Ayudar a morir. Y Thomas Lynch, ese curioso escritor norteamericano que lleva treinta años siendo director de una funeraria, explica en El Enterrador: “Siempre estamos muriendo de fallas, anomalías, insuficiencias, disfunciones, paros, accidentes. Son crónicos o agudos. El lenguaje de los certificados de defunción – el de Milo dice fallo cardiopulmonar – es como el lenguaje de la debilidad. De la misma manera, se dirá que la señora Hornsby, en su pena, está derrumbada, destrozada o hecha pedazos, como si hubiera algo estructuralmente incorrecto en ella. Es como si la muerte y el dolor no formaran parte del Orden de las Cosas, como si el fallo de Milo y el llanto de su viuda fueran, o debieran ser, fuente de vergüenza”.

Y, en efecto, yo no quería sentirme avergonzada por mi dolor. Soy de ese tipo de personas que siempre intenta #HacerLoQueSeDebe, por eso saqué tantas matrículas de honor en el instituto. Así que procuré plegarme a lo que creía que la sociedad esperaba de mi tras la muerte de Pablo. En los primeros días, la gente te dice: “Llora, llora, es muy bueno”, y es como si dijeran: “Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus”. Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa). No es mi intención criticar a nadie al contar esto: ¡Yo también he actuado así, antes de saber! Yo también dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate. Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, seguramente.

Con esto no quiero decir que los deudos tengan que pasarse dos años vestidos de luto, encerrados en sus casas y sollozando de la mañana a la noche, como antaño se hacía. Oh, no, el duelo y la vida no tienen nada que ver con eso. De hecho, la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.

(“La ridícula idea de no volver a verte”, Rosa Montero)

Acabo de empezar este libro, pero tenía que compartir las palabras de Rosa, porque pocas veces me he visto reflejada tan a la perfección en un texto. ¡Grande, Montero!

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¿Quieres?

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Esto me representa mucho…

(Ilustración de la enorme Flavita Banana)

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Bosque incendiado 

Seguramente ya no te conozco, porque en este abandono no eres más que un recuerdo, el misterio de un hombre frente al propio dolor

FERNANDO VALVERDE

Me duele un pasado que no cicatriza

el chillido de un fantasma que

nunca se va.

Me duele el árbol que dejó de

mirarme,

la mano que ya no se mueve

para limpiar mi camino.

Me duele el daño que

me hicieron

en un todavía que se alarga,

como el tiempo que no cesa

y permanece,

como aquello

que se asume y no se lucha.

Me duele el abrazo que

quedó suspendido en el

aire, como

el sueño que no llega y se

convierte en pesadilla.

Me duele el adiós en la fiesta,

el dedo que señala,

la espalda que se pierde.

En un mundo atronador solo

me quedó el silencio.

Me duele todo lo que se me cae

de las manos y

nadie recoge

porque todos se han marchado.

Aquí dentro descansa

un bosque incendiado

y caen, como gotas de ácido,

los recuerdos.

(“La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida”, Elvira Sastre)

Playa oscura

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Bath 


Pawel Kuczynski

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No te rindas

No te rindas, aun estas a tiempo

de alcanzar y comenzar de nuevo,

aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,

liberar el lastre, retomar el vuelo.

 

No te rindas que la vida es eso,

continuar el viaje,

perseguir tus sueños,

destrabar el tiempo,

correr los escombros y destapar el cielo.

 

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda y se calle el viento,

aun hay fuego en tu alma,

aun hay vida en tus sueños,

porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,

porque lo has querido y porque te quiero.

 

Porque existe el vino y el amor, es cierto,

porque no hay heridas que no cure el tiempo,

abrir las puertas, quitar los cerrojos,

abandonar las murallas que te protegieron.

 

Vivir la vida y aceptar el reto,

recuperar la risa, ensayar el canto,

bajar la guardia y extender las manos,

desplegar las alas e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos,

 

No te rindas por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se ponga y se calle el viento,

aun hay fuego en tu alma,

aun hay vida en tus sueños,

porque cada día es un comienzo,

porque esta es la hora y el mejor momento,

porque no estas sola,

porque yo te quiero.

(Mario Benedetti)

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La esencia

Aquel pequeño bote de cristal era su bien más preciado. O más bien, lo que contenía ese bote: un perfume carísimo que le había regalado su madre el día de su boda. Un raro elixir que había dejado de fabricarse y venderse hacía ya un par de años. Lo dosificaba tanto que su marido siempre le decía que al final se acabaría echando a perder. Sin embargo, para ella siempre olía tan bien como el primer día. Ese aroma la devolvía a un tiempo y un lugar en el que era feliz, en el que amaba profundamente y sentía que todas las posibilidades eran buenas.

La primera vez que se lo puso, decidió que aquel iba a ser su olor. Su olor y de nadie más. De hecho, cada vez que alguna amiga le preguntaba, extasiada, qué perfume usaba, ella mencionaba otra marca, entre las 4 o 5 que jamás usaba y que sólo le servían de adorno para la estantería del baño.

Al principio, usó su esencia sin medida. Se la ponía para salir a cenar, al cine, a tomar algo o ir de compras. También para ir a las fiestas y por supuesto para las bodas y las comuniones. Además, la usaba todos los martes y miércoles por la noche, porque sabía que esos días su marido solía llegar pronto de la oficina y menos cansado de lo normal.

Cuando llegó al ecuador del bote, decidió que su olor sólo iba a ser suyo en ocasiones señaladas. Dejó de ponérselo para ir a cenar o al cine, no lo usó más los martes y los miércoles. Empezó a reservarlo para momentos que en realidad no le hacían ninguna ilusión, como la boda de alguna prima, las comuniones de los hijos de sus amigos y las aburridísimas cenas de navidad con la familia política. Se lo puso también el día del entierro de su madre y la sentía a su lado cada vez que enterraba la nariz en la bufanda para protegerse del frío y del dolor.

Un día, su hija le dijo que quería llenar la bañera para jugar con sus muñecas. Le dijo que les iba a hacer un salón de belleza porque quería ponerlas guapas para ir a bailar. Ella le dio permiso, no sin antes repetirle la misma frase de siempre: “Cariño, no toques mis perfumes”.

Habría pasado algo más de una hora cuando se dio cuenta de que llevaba un rato sin escuchar el chapoteo del agua y las risas infantiles. Siete años de maternidad le habían enseñado que los verdaderos problemas siempre comienzan cuando se hace el silencio. Se acercó a la puerta del baño, cerrada. La llamó bajito y luego un poco más alto. Nadie contestó al otro lado. Abrió despacio y la vio.

Su niña estaba de pie al lado de la estantería, ensimismada mientras untaba a su muñeca favorita (a la que llamaba “hija”) en un líquido color ámbar. En el tercer estante, había un bote vacío. Y ese olor, su olor, impregnaba la atmósfera del baño, haciéndola irrespirable.

Sin poder contenerse, avanzó hacia ella y le dio un bofetón con más fuerza de la que le hubiese gustado. La niña rompió a llorar y ella se arrodilló a su lado. Intentó abrazarla mientras le pedía perdón una y otra vez, pero su hija se zafó de sus brazos y echó a correr hasta su habitación.

Los siguientes días fueron insoportables. La niña hacía todo lo que ella le pedía (lávate los dientes, espérame en la puerta verde a la salida del cole…), pero no decía una sola palabra. No emitía ningún sonido, ni un quejido, ni un suspiro. Ni una risa. De repente, solo había silencio.

Hasta que una tarde de martes, cuando ya casi pensaba que nunca más volvería a escucharla, le hizo una broma tonta que al fin le arrancó, primero, una sonrisa y a continuación una risa breve. Una de esas risas infantiles que tanto le gustaba oír.

La tarde siguiente, la vio jugar en el jardín. Parecía seria y concentrada, como si tuviese una misión muy importante. Otra vez hubo silencio, pero esta vez intuyó que era mejor darle su espacio y no interrumpirla.

Por la noche, la acostó en su cama y leyeron juntas un rato. Luego le dio un beso en la punta de la nariz, como siempre y se fue arrastrando los pies, agotada, hacia el baño.

Se miró largamente en el espejo. Las ojeras dibujaban dos surcos profundos y oscuros en su cara pálida. La piel se veía apagada y empezaban a intuirse los lugares donde iban a aparecer las primeras arrugas.

Iba a salir del baño cuando algo llamó su atención. En la estantería, el pequeño bote de cristal volvía a estar lleno. Pero esta vez estaba lleno de agua y de flores y hojas de su jardín. Lo cogió despacio, sintió el peso en la mano como la primera vez, lo destapó y lo olió. Y entonces decidió que aquel iba a ser su olor. Su olor y de nadie más. Y cuando alguien le preguntara qué perfume usa, ella contestaría la verdad: “no lo sé. Fue un regalo. El mejor regalo que me han hecho”.

(Ejercicio propuesto por Escuela de Escritores: escribir un relato siguiendo las funciones de Propp e introduciendo un condicionante)

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